La Voz de la Memoria
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Un clásico de la Revolución Francesa, de Kropotkin, en la biblioteca auxiliar de la Casa
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En una reciente donación de libros de Raúl González Gallero a la Biblioteca de la Casa de la Memoria se incluye una obra clásica del pensador anarquista ruso Piotr Kropotkin sobre la Revolución Francesa. Se trata de La Gran Revolución (1789-1793), en la versión española de Anselmo Lorenzo editada en 1909 en Barcelona por la Escuela Moderna1. Este volumen ha pasado a formar parte de la biblioteca auxiliar de esta Casa.
Esta joya bibliográfica se incardinaba en el debate historiográfico que sobre el proceso revolucionario francés se inició desde el mismo momento en que se produjo ese fenómeno que abrió el período de la historia contemporánea. En el prefacio de esta obra, Kropotkin reconocía que el estudio de la Revolución Francesa resultaba incompleto en su época, por las lagunas existentes entonces y por los puntos que necesitaban aclaración. Ponía como ejemplo de lo que era necesario explicar la idea de que aquella revolución, “que removió, transformó y comenzó a reconstruir todo en el curso de unos años”, fue en realidad “un mundo en acción”.
Valoraba las investigaciones que había efectuado en las tres décadas anteriores la llamada escuela histórica, representada por Aulard, que dirigía la cátedra de historia de la revolución en la Sorbona de París, pero constataba que el estudio de los aspectos económicos y sus luchas no se había hecho aún. Precisamente, con la idea de aclarar algunos de los problemas que surgían a medida que se profundizaba en el estudio de la revolución, Kropotkin explicaba que en 1886 había emprendido estudios sobre los orígenes populares de este proceso revolucionario, los levantamientos campesinos de 1789, las luchas en pro y en contra de la abolición de los derechos feudales y la sublevación de los sans-culottes del 31 de mayo de 1793, que culminó con la caída de los girondinos. Producto de todas estas investigaciones será La Gran Revolución, de cuya tirada ha llegado un ejemplar a poblar las baldas de esta biblioteca.

Ejemplar de La Gran Revolución en la biblioteca de la Casa de la Memoria.
Ejemplar de La Gran Revolución en la biblioteca de la Casa de la Memoria.

Kropotkin se documentó en la amplia bibliografía producida hasta entonces sobre aquel proceso revolucionario, que consultó en las colecciones impresas del British Museum, pero no pudo completar sus indagaciones con investigaciones en los archivos nacionales de Francia. Así lo reconoció en el prefacio.
Las primeras interpretaciones sobre el período histórico al que un siglo después se aproximará el pensador ruso comenzaron a hacerse públicas coincidiendo con el mismo desarrollo de los acontecimientos, y las que alcanzaron mayor difusión se caracterizaron por su rechazo ideológico a la revolución. Destacó en esta línea conservadora el irlandés Edmund Burke, con sus Reflexiones sobre la Revolución francesa, de 1790, donde consideró que lo que se había producido era el triunfo de la demagogia y el despotismo sobre el contrato social. Para ello comparó la revolución inglesa, que había consolidado la herencia de las costumbres nacionales, con la francesa, que había hecho tabla rasa, lo que, según este, había propiciado el triunfo del delirio salvaje.
Otro autor que rechazó tempranamente la revolución fue el abate Barruel, que difundió la “tesis del complot”. Según él, la “secta devoradora de los jacobinos” culminó un complot contra el orden establecido que se fue incubando desde la Edad Media por la masonería. También fue de opinión contraria al movimiento iniciado en 1789 Taine, que lo calificó de “irracional” y atribuyó a la Ilustración el haber provocado una situación opuesta a sus postulados. Estos autores reaccionarios, a los que se sumó el escritor Chateaubriand, desecharon las fuentes documentales de archivo y basaron su interpretación en las memorias de aristócratas y otros elementos refractarios que se consideraron víctimas de aquel movimiento.
Sin embargo, también coincidiendo en el tiempo con el desarrollo de los hechos, se abrió paso una historiografía favorable a la revolución, con una interpretación liberal, encabezada por Mirabeau, que fue presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, Sièyes, que había escrito en 1789 el opúsculo ¿Qué es el tercer estado?2, y Barnave, cuyas memorias desde prisión dieron a entender que existió una lucha de clases bajo el proceso revolucionario. Esta corriente subrayó la importancia de las ideas ilustradas, y vio el origen de la revolución en la lucha contra la existencia de un estamento privilegiado e improductivo, la aristocracia, que vivía a costa del Tercer Estado, que fue el que puso término a esta situación injusta.
Esta primera fase dio paso a un periodo historiográfico conocido como el del “triunfo del mito”, en el que historiadores liberales, al calor de las revoluciones de 1820 y 1830, defendían el papel de la burguesía en la primera etapa revolucionaria, considerada constructiva y necesaria, y criticaban la iniciada en 1793 con Robespierre, a la que tildaban de “nefasta” aunque inevitable. Esta tendencia liberal estuvo representada por Thiers, dirigente político que tras apoyar el segundo imperio se volvió contra él y se adscribió a un republicanismo moderado y que, más adelante, llegará a aplastar la Comuna de París de 1871.
Fue a raíz de la revolución de 1830 cuando una nueva tendencia historiográfica valoró el período jacobino –que habían rechazado los historiadores liberales moderados– y vio reflejada en este la capacidad revolucionaria del pueblo francés, como portadora de la idea de igualdad, de modo paralelo a como los radicales del primer tercio del siglo XIX alentaban a las masas para movilizarse contra la monarquía de la Restauración. Representante de esta escuela radical fue Laponneraye, quien reivindicó la figura de Robespierre, como encarnación de las esperanzas democráticas.
En los preludios de la revolución de 1848 se produjo un acercamiento aislado y tangencial de Marx al fenómeno que arrancó en 1789, del que como filósofo destacó el aldabonazo contra la alienación del ser humano que supuso la Declaración del Hombre y del Ciudadano. Marx intentó historiar la Convención, pero, pese a que se documentó ampliamente, no llegó a culminar esta obra. Se deduce que identificó el proceso francés como un episodio de revolución burguesa, y lo vio así para llamar la atención en su tiempo ante la necesidad de una revolución que fuera más allá de la estrictamente política, la revolución social3. A partir de ahí se acuñará una interpretación socialista de la revolución a la que enseguida aludiremos.
Mientras tanto, en pleno periodo romanticista y coincidiendo con el cincuentenario de la revolución, aparecieron tres obras clásicas que tuvieron la virtud de ampliar las referencias documentales de archivos y que utilizaron por primera vez testimonios orales de descendientes de protagonistas de los hechos. Se trata de las obras de Louis Blanc, Michelet y Lamartine, que presentaron una interpretación reformista del papel del pueblo, una “versión democrática del Tercer Estado” y de la primera etapa de la revolución, alejada del período del terror. Con esta corriente, el pueblo adquirió por primera vez el papel de actor histórico principal.
No obstante, la derrota de la revolución de 1848 inauguró un nuevo ciclo en la interpretación de la revolución, que se alejó de los criterios ideológicos y apostó por la erudición, al tiempo de intentaba desmontar los mitos heredados. El principal representante de esta corriente fue Tocqueville, autor de El Antiguo Régimen y la Revolución, publicado en 1851, en el inicio del segundo imperio francés4. Esta obra supuso una renovación en la historiografía sobre este tema, no solo por haber sido la primera en dar carta de naturaleza al concepto de “Antiguo Régimen”, sino también por poner el foco en los orígenes, observar la importancia de la pre-revolución en la coyuntura de 1787 a 1789 y descubrir que antes de la revolución política se había producido una revolución administrativa.
Esta línea dio paso a los historiadores del positivismo, entre ellos el mismo artífice de esta corriente de pensamiento, Augusto Comte, que vio en Danton la encarnación del político constructivo de la revolución. Los positivistas veían en Danton –frente a Robespierre– el promotor de un estado cívico, basado en la desamortización, el centralismo, el orden y el progreso. Se deduce que los positivistas proyectaron en ese dirigente sus postulados ideológicos de la segunda mitad del siglo XIX.
La derrota de la Comuna de París de 1871 agudizó una visión pro-girondina y despegada de lo que se consideraron “excesos” del robespierrismo. Esta tendencia la asumió parte de la historiografía influida por el socialismo, como Blanqui y Proudhon, que desmitificaron la leyenda revolucionaria del Incorruptible, de quien rechazaron su culto a la personalidad.
La historiografía moderna de la revolución, propia de las últimas décadas del siglo XIX, continuó con su esfuerzo de “desmitificación”. Una historia “oficial y universitaria” es la que encarnó Aulard, a quien cita Kropotkin en su prefacio. En su Introducción a la Revolución francesa, Michel Vovelle estima que Aulard, pese a “trazar el indispensable marco de referencia del encadenamiento de acontecimientos, instituciones y hombres”, encarna en Danton “al héroe simbólico de que tiene necesidad”5.
No obstante, en el mismo período se desarrolló otra tendencia historiográfica opuesta a la del liberalismo radical y que entroncaba con el movimiento obrero y el marxismo, que reflexionaban sobre el fenómeno revolucionario y la violencia. En este contexto sobresalió a comienzos del siglo XX la monumental Historia socialista de la Revolución francesa, de Jean Jaurès, que es “el primer intento de abrir la investigación revolucionaria a la historia social de las masas”. A partir de esta obra, se desarrollará en la escuela francesa una tradición historiográfica jacobina, con, entre otros, Albert Mathiez, Georges Lefebvre y Albert Soboul, que hicieron una lectura social de la revolución a la luz del marxismo.
Pero antes de abordar esta escuela de adscripción marxista, cabe detenerse de nuevo en La Gran Revolución de Kropotkin, que vio la luz al poco de la aparición de la obra de Jaurès. El autor ruso, en la misma línea que este último, hizo entrar en el protagonismo de la historia a las masas populares, que coadyuvaron al triunfo del movimiento impulsado por la burguesía. Textualmente dice en su libro:

Dos grandes corrientes prepararon e hicieron la Revolución: una, la corriente de ideas –la ola de ideas nuevas sobre la reorganización política de los estados– venía de la burguesía; otra, la de la acción, venía de las masas populares, de los campesinos y de los proletarios de las ciudades, que querían obtener mejoras inmediatas y tangibles a sus condiciones económicas. Cuando estas dos corrientes se encontraron en un objeto común, cuando durante algún tiempo se prestaron un apoyo mutuo, entonces se produjo la Revolución.

Inicio de capítulo de La Gran Revolución.
Inicio de capítulo de La Gran Revolución.

En otro pasaje, añade:

Para que un movimiento tome las proporciones de una Revolución, como sucedió en 1648-1688 en Inglaterra y en 1789-1793 en Francia, no basta que se produzca un movimiento de las ideas en las clases instruidas, cualquiera que sea su intensidad; no basta tampoco que surjan motines en el seno del pueblo, cualquiera que sea su número y extensión: es preciso que la acción revolucionaria, procedente del pueblo, coincida con el movimiento del pensamiento revolucionario, procedente de las clases instruidas. Es necesaria la unión de los dos. He ahí por qué la Revolución francesa, lo mismo que la Revolución inglesa del siglo precedente, se produjo en el momento en que la burguesía, después de haberse inspirado ampliamente en la filosofía de su tiempo, llegó a la conciencia de sus derechos, concibió un nuevo plan de organización política y, fuerte por su saber, ruda en la tarea, se sintió capaz de apoderarse del gobierno arrancándole de manos de una aristocracia palaciega que empujaba el reino a la ruina completa por su incapacidad, su ligereza y su disipación. Pero la burguesía y las clases instruidas nada hubieran hecho por sí solas, si la masa de los campesinos, a consecuencia de múltiples circunstancias, no se hubiera conmovido y, por una serie de insurrecciones que duraron cuatro años, no hubiera dado a los descontentos de las clases medias la posibilidad de combatir al rey y a la corte, de derribar las viejas instituciones y de cambiar completamente el régimen político del reino.

Y es en este punto en el que Kropotkin afirma que esta historia de la doble revolución, es decir, de la concurrencia de ansias revolucionarias combinadas entre burguesía y masas populares, estaba en aquel momento aún por escribirse. A este respecto, dice:

La historia de ese doble movimiento no está hecha aún. La historia de la Gran Revolución Francesa ha sido hecha y rehecha muchas veces, desde el punto de vista de tantos partidos diferentes; pero hasta el presente los historiadores se han dedicado especialmente a exponer la historia política, la historia de las conquistas de la burguesía sobre el partido de la corte y sobre los defensores de las instituciones de la vieja monarquía. Conocemos bien el despertar del pensamiento que precedió a la Revolución, los principios que en ella dominaron y que se tradujeron en su obra legislativa; nos extasiamos ante las grandes ideas que lanzó al mundo y que el siglo XIX procuró realizar después en los países civilizados. En resumen, la historia parlamentaria de la Revolución, sus guerras, su política y su diplomacia han sido estudiadas y expuestas en todos sus detalles; pero la historia popular de la Revolución queda aún por hacer. La acción del pueblo de los campos y de las ciudades no se ha estudiado ni referido jamás en su conjunto. De las dos corrientes que hicieron la Revolución, la del pensamiento es conocida, pero la otra corriente, la acción popular, ni siquiera ha sido bosquejada.

A partir de aquí, Kropotkin se proponía en La Gran Revolución abordar esa tarea no realizada hasta ese momento. Lo dice así:

A nosotros, descendientes de los que los contemporáneos llamaban los «anarquistas», corresponde estudiar esa corriente popular, trazar al menos sus rasgos esenciales.

En los años siguientes, y durante gran parte del siglo XX, las grandes obras clásicas sobre esta Revolución responderán a la orientación marxista de la escuela francesa. Mathiez, en sus tres volúmenes publicados en 1922-1924, representó una mutación en la tradición historiográfica al presentarse como defensor de la política de Robespierre, a quien consideró encarnación de la democracia social, pero también, por encima de las personalidades individuales, al aparecer como historiador que valoró el papel de las masas anónimas.

Inicio del prefacio.
Inicio del prefacio.

La ruptura definitiva en la evolución historiográfica la llevó a cabo Georges Lefebvre, quien en su estudio sobre la conmoción que causaron los acontecimientos del verano de 1789 en el campo francés estableció lo que se ha considerado “el acta fundacional de la historia de las mentalidades revolucionarias”. En 1925 había escrito Campesinos del norte de Francia, donde vio que en las profundidades de la Francia provincial y del mundo rural hundía sus raíces la ruptura decisiva que entrañó la Revolución.
Ya en la posguerra europea dos grandes autores apuntalarán la interpretación marxista del proceso revolucionario galo. Por una parte, Ernest Labrousse resaltó la coyuntura económica como una de las causas del trauma colectivo que supuso la revolución, con lo que puso fin al debate académico entre la teoría de Michelet sobre la “revolución de la miseria” y la de Jaurès, que veía en este proceso el fruto de la prosperidad burguesa. Para Labrousse, la crisis económica actuó de catalizador de tensiones del siglo XVIII económico. Por otra parte, este autor abrió el camino del estudio de las sociedades urbanas antes y durante la revolución, como prolongación de la investigación emprendida en el mundo campesino.
Precisamente, el historiador por antonomasia de la revolución urbana fue Albert Soboul, autor de Los sans-culottes. Movimiento popular y gobierno revolucionario6, basado en su tesis de 1958. Con él se cerró la historiografía centrada en las personalidades y culminó definitivamente la historia de las masas en acción, la historia social de clases. Este autor vio que en este proceso “el ala más activa no fue tanto la burguesía comerciante, como la masa de pequeños productores directos, cuyo sobretrabajo y sobreproducto eran acaparados por la aristocracia feudal apoyándose en el aparato jurídico y los medios de presión del estado del Antiguo Régimen”, de manera que “la revuelta de los pequeños productores, campesinos y artesanos asestó los golpes más eficaces a la vieja sociedad”7.
En esta lectura social de la revolución también participó Jean Jacques Godechot, si bien es verdad que al inscribir en su obra de 1963 el fenómeno francés en un ciclo revolucionario occidental de 1770-1799, lo diluía en una “nebulosa de movimientos revolucionarios”, entre los que se incluía la revolución americana, que era de distinta índole, lo que permitió atribuirle una contribución inconsciente al atlantismo de la guerra fría.
Fuera de Francia, la corriente historiográfica exitosa de raíz marxista tuvo al inglés Georges Rudé, con su obra de 1961, a uno de los principales autores8. También dentro de la historiografía británica destacó Norman Hampson, con su Historia social de la Revolución Francesa, también de 1963, que con sus sucesivas ediciones, ha sido considerada una historia “precisa, completa y equilibrada”9.
La escuela de los Annales, no obstante, contribuyó a diluir la preponderancia de los estudios centrados exclusivamente en la Revolución francesa. El director de la revista del mismo nombre, Ferdinand Braudel, publicó en 1959 un célebre artículo, titulado “La larga duración”. En él relativizó la importancia de las coyunturas económicas, en favor de la historia de la civilización material y de las mentalidades, por encima de la historia social y política. Desde este punto de vista, la Revolución francesa se diluyó dentro de la “larga duración” de la historia del país.
Contra esta visión diluida se alzó Albert Soboul con estas palabras:

“La Revolución Francesa se asigna un lugar excepcional en la historia del mundo contemporáneo. En tanto que revolución burguesa clásica, constituye por la abolición del régimen señorial y de la feudalidad el punto de partida de la sociedad capitalista y de la democracia liberal en la historia de Francia. En tanto que revolución campesina y popular, por ser antifeudal, tendió en dos ocasiones a superar sus límites burgueses: en el año II, intento que, pese al necesario fracaso, conservó durante mucho tiempo su valor profético de ejemplo, y cuando la Conjura de la Igualdad, episodio que se sitúa en el origen fecundo del pensamiento y de la acción revolucionarios contemporáneos. Así se explican, sin duda, esos inútiles esfuerzos por negar a la Revolución Francesa, peligroso antecedente, su realidad histórica o su especificidad social y nacional. Pero así se explican también el estremecimiento que el mundo sintió y la repercusión de la Revolución Francesa en la conciencia de los hombres de nuestro siglo. Este recuerdo, por sí solo, es revolucionario: todavía nos exalta”10.

El cuestionamiento de la interpretación jacobina de la revolución lo propiciaron en la década de los sesenta varios autores anglosajones, como Cobban y Taylor, que pusieron en duda la existencia de una verdadera burguesía en la Francia de finales del siglo XVIII. Esta afirmación se basaba en que gran parte del capital industrial francés estaba en manos de la nobleza, y que lo que se produjo fue un acuerdo entre la fracción progresista de la nobleza y la capa superior de la burguesía para promover la revolución.
En la misma década comenzó a desarrollarse una historiografía directamente revisionista, representada por Furte y Richet, que atribuyó a la entrada en escena de las masas populares el “resbalón histórico” que supuso el jacobinismo. Así, frente a una visión ascendente de la revolución burguesa hacia la revolución democrática, los revisionistas vieron en las masas el factor de gestación de un “monstruo” que las llevó al “delirio” y la “dictadura”.
Además, el bicentenario de la Revolución francesa (1789-1989) propició la publicación de obras que incidieron en la imagen de un proceso totalitario difundido por la historiografía conservadora y revisionista, que incidió en el tema del “genocidio franco-francés”, relativo a la represión del movimiento de la Vendée, con sus 120.000 muertos. Esta interpretación neoliberal negó paradójicamente a la revolución su papel de proceso que sentó las bases del liberalismo político del mundo occidental.
No obstante, paralelamente, otros estudios, encabezados por Vovelle, proponían que esta revolución consistió en una dinámica en la que varios pueblos desunidos propiciaron la construcción de una nación moderna, con una nueva sociabilidad y un nuevo imaginario colectivo. En esta misma línea, el historiador británico Eric Hobsbawm interpretó que los teóricos revolucionarios franceses basaron su sentimiento nacional en un primer momento en el concepto de ciudadanía y luego en el elemento cultural de uniformidad lingüística y sobre todo en la idea de “una nación creada por la elección política de sus miembros, que, al hacerlo, rompían con la antigua lealtad”.
Sirva este recorrido por la historiografía sobre la Revolución Francesa para enmarcar la importancia que tuvo en la historia de la interpretación de aquel proceso iniciado en 1789 el libro La Gran Revolución, de Kropotkin, que forma parte, gracias a una generosa donación, de la biblioteca auxiliar de la Casa de la Memoria11.

 

Portada.
Portada.

 

Kropotkin.
Kropotkin.

 

Registro de la donación.
Registro de la donación.

Notas
1 KROPOTKINE, Pedro: La Gran Revolución (1789-1793). Versión española de Anselmo Lorenzo. Barcelona, Publicaciones de la Escuela Moderna, 1909 [catalogados dos tomos en un solo volumen].
2 SIÈYES, Emmanuel: ¿Qué es el Tercer Estado? Ensayo sobre los privilegios. Madrid, Alianza, 1994.
3 BRUHAT, Jean: “Marx et la Révolution française”, Annales historiques de la Révolution française, abril-junio 1966.
4 La biblioteca de la Casa de la Memoria dispone de un ejemplar de TOCQUEVILLE, Alexis de: Inéditos sobre la Revolución. Madrid, Seminarios y ediciones, 1973.
5 VOVELLE, Michel: Introducción a la Revolución Francesa. Barcelona, Crítica, 2000.
6 SOBOUL, Albert: Los sans-culottes. Movimiento popular y gobierno revolucionario. Madrid, Alianza, 1987.
7 SOBOUL, Albert: La Revolución Francesa. Barcelona, Orbis, 1987, págs 137-138.
8 De 1964 es otra obra de este autor: RUDÉ, George: La Europa revolucionaria, 1783-1815. Madrid, Siglo XXI, 1981.
9 HAMPSON, Norman: Historia social de la Revolución Francesa. Madrid, Alianza, 1970.
10 SOBOUL, Albert: La Revolución Francesa. Barcelona, Orbis, 1987, págs 150-151. Sobre la Conjura, EHRENBURG, Ilya: La conspiración de los iguales. Madrid, Júcar, 1974.
11 La biblioteca de la Casa de la Memoria también dispone de los siguientes libros de Piotr Kropotkin: A los jóvenes. Toulouse, 1969; El apoyo mutuo: un factor de la evolución. Algorta, Zero, 1970; El apoyo mutuo: un factor de la evolución. Madrid, Madre Tierra, 1989; Memorias de un revolucionario. Bilbao, Zero, 1973; La conquista del pan. Madrid, Júcar, 1977; Memorias de un revolucionario. Barcelona, Crítica, 2009; La moral anarquista. Madrid, Júcar, 1978; El Estado: su papel histórico. Madrid, Fundación Anselmo Lorenzo, 1995; Palabras de un rebelde. Barcelona, Edhasa, 2001. Y sobre este autor, WOODCOCK, George: El príncipe anarquista: estudio biográfico de Piotr Kropotkin. Madrid, Júcar, 1979.

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