El diario de un aburrido, memorias de Francisco Serrano, un militante anarquista de Algeciras, combatiente republicano y exiliado en Francia

Cubierta del libro.
Cubierta del libro.

El título del libro no hace suponer lo que hay en su interior: El diario de un aburrido. El antetítulo sí orienta un poco más al lector: Niñez, juventud, retirada y exilio de un republicano español en Francia. La lectura de este librito de 125 páginas hace al que lo lee recomendarlo inmediatamente a amistades y conocidos. Pero no lo van a tener fácil porque pertenece a una edición pequeña realizada en Burdeos en 2007 de la que se conservan muy pocos ejemplares. Eso sí, uno de ellos está en la biblioteca de la Casa de la Memoria La Sauceda, en Jimena de la Frontera.

Francisco Gómez Serrano es el autor del libro. Terminó de escribirlo en 1990 pero no fue hasta diecisiete años después cuando su autobiografía vio forma de libro. No importa. Lo que cuenta no pierde actualidad porque es el retrato de la vida de una familia de jornaleros y trabajadores andaluces a lo largo del siglo XX. Jornaleros conscientes, de los que se decían con ideas.

Francisco Serrano nace en 1913 en Los Barrios, en el seno de una familia de campesinos pobres que vive en una choza sin puertas. Su padre es condenado primero a cárcel y después al destierro porque repartió entre los vecinos la carne de un cochino que una noche se coló en la choza en la que habitaban. Con los escasos enseres que tenían, la familia se marcha a Algeciras. Sin casa y sin trabajo, solo reciben la solidaridad de las familias gitanas que vivían bajo el puente Matadero, junto al río de la Miel, ya cerca del puerto. El niño Francisco Serrano conoce desde muy pequeño lo que es la miseria, la pobreza y el hambre. Su padre consigue permiso para hacer una chabola pero al fabricarla con tablas de cajas de pescado los vecinos se quejan porque la peste que desprenden es insoportable cuando llega el calor. Las autoridades ordenan prenderle fuego a la barraca y otra vez a vivir bajo el puente. De ser un gamberrillo que pide limosna cantando y bailando, Francisco pasa a trabajar repartiendo leche, pero las impertinencias de la clientela y la dureza del amo acaban con este primer intento de tener una vida ordenada y provechosa. Tantos tropiezos a tan temprana edad le avivan la sensibilidad y le hacen cuestionarse el orden social. Más tarde, cuando ya es un jovenzuelo consigue trabajo en una fábrica de corcho y allí conoce a otros jóvenes como él que tienen ideas y lo inician en los principios del anarcosindicalismo. Su vida laboral corre paralela a su dedicación al sindicato de la CNT y a las ideas. Se viste de soldado para repartir propaganda anarquista en un cuartel y al ser descubierto ingresa en prisión, ya durante la República. Al salir vuelve al trabajo y participa muy activamente en una huelga de los trabajadores del corcho que culmina en victoria. Sus amigos empiezan a llamarlo el Rubio y cuando tras el golpe de Estado y la sublevación militar logra escapar a Castellar y Jimena, la juventud libertaria de la comarca que se va agrupando en la retirada empieza a llamarlo el Rubio de Algeciras.  Ese mote lo acompaña ya por todas las tierras de la España en guerra.

Francisco Gómez está en el nacimiento del batallón anarquista Fermín Salvochea, en Estepona, y luego vive las retiradas hacia Málaga y Almería. El retrato que hace de la huida hacia la capital andaluza más oriental es espeluzante. Cuenta luego cómo llega a Barcelona, donde es reclutado como guardia de asalto. Y por último narra la huida a Francia de aquel río humano que atravesó los Pirineos. Igual de sobrecogedor es  el fresco que pinta sobre la vida cotidiana en los campos de concentración que esperaban a los españoles en Francia.

Francisco Serrano Gómez cuenta todo esto con mucha sencillez, pero con una claridad de ideas y unos juicios de valor intercalados que demuestran que quien lo escribe es ejemplo de anarquista autodidacta, de hombre de ideas firmes, pero flexible en sus juicios porque el idealismo no le ciega. Este barreño vecino de Algeciras en su niñez que nunca fue a la escuela es un gran conocedor del ser humano, de sus miserias y grandezas. No duda en hacer autocrítica, pero sin caer en la desesperación ni en la renuncia a unos principios que jamás abandonó. Francisco Gómez vivió en Francia hasta los años 90, cuando ya jubilado pudo volver a España. En Madrid vivió en casa de uno de sus hijos hasta 2015, año en que falleció. Un año antes, dos colaboradores del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, Luis García Bravo y José Manuel Algarbani, lo entrevistaron en su casa de Madrid.

Valgan estas palabras que hablan de su experiencia en Francia para recordarlo y acabar esta reseña de su libro:

«Cuando las águilas negras de Hitler invadieron Francia fuimos de nuevo perseguidos por la Gestapo. También tenían la lista negra de Franco con los nombres y apellido de los “rojos” peligrosos. Es obvio decir que los fugitivos del siglo XX buscaron refugio en los bosques. Huyeron de las fábricas y compañías de trabajo. En los bosques y pequeños pueblos los franceses de izquierda y los españoles refugiados organizaron el maquis. También los hubo que, cansados de correr y sin esperanza ni moral, esperaron a los nuevos amos tirados en las carreteras. Los alemanes los consideraron como mercenarios y como tales siguieron trabajando con distinto patrón. En mayo de 1945, los quijotes que salimos con vida de aquel huracán que barrió la mitad de Europa, nos presentamos en las ciudades y pueblos para saborear el caramelo de la victoria. Teníamos una doble ilusión: la de de Gaulle y Churchill que habían prometido a los guerrilleros españoles la liberación de la dictadura franquista. La fiebre de la victoria se fue enfriando día a día y los pueblos organizando su vida cotidiana. Las razones de Estado superaron las promesas. Los aliados cambiaron de política para defender sus intereses políticos y sociales. Confiaron más en el dictador Franco que en la República. Comprendimos que teníamos asilo para años. Una vez más nos engañaron. En consecuencia, se imponía un cambio de vida: buscar un domicilio, crear una familia…».

[El diario de un aburrido está catalogado en la Biblioteca Javier Núñez Yáñez de la Casa de la Memoria La Sauceda con el número 634].

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