Jesús Ynfante participa en el debate de las dos Españas

Carta de Jesús Ynfante a la redacción de La Estrella
Carta de Jesús Ynfante a la redacción de La Estrella (Archivo de la Casa de la Memoria).

Texto:
Malgara García Díaz
Ana Rodríguez Durán
(Archivo de la Casa de la Memoria)

Entre la documentación que hemos registrado esta última semana nos hemos encontrado con el original de un artículo de Jesús Ynfante que envió al redactor jefe del Semanario la Estrella, acompañado de una carta al mismo, en la que aporta información práctica, en caso de que el medio decida publicarlo.
No hemos podido saber con seguridad si, finalmente, salió o no de los rotativos, pero Ynfante aprovecha para mencionarle otro par de artículos más que tiene preparados y que podrían ser de interés. Uno sobre escándalos financieros y otro sobre la Mano Negra.
Respecto al texto que envía adjunto, se desarrolla en 4 folios y, como suele ser habitual en él, esmeradamente manuscritos. En ellos hace un repaso por algunos de los autores más importantes en la España reciente que se han posicionado sobre tan controvertido asunto: la existencia o no de dos Españas que se instigan y se oponen frontalmente. Lo hace dando muestras de erudición y dominio del asunto, sobre el que se posiciona, de manera crítica y racional.
En su opinión, el mayor problema con el que se enfrenta España en la actualidad es la articulación territorial del Estado, a lo que él propone superar el diseño en vigor de las autonomías y avanzar hacia un modelo federal, del estilo de los existentes en Estados Unidos o Alemania y que él pronostica, en 2004, que quizá se pueda celebrar para 2015.
Su lucidez le valió para ver con claridad el problema, pero sus esperanzas de alcanzar solución se han ido diluyendo en la confrontación y el desapego que hemos vivido en los últimos años y que han tenido, precisamente el modelo de Estado, como pretexto para echar más leña al fuego de la discordia y la falta de entendimiento político.
No obstante, siempre es un ejercicio formativo y placentero leer a Ynfante y sus ideas, clarividentes y juiciosas nos invitan a la reflexión y alientan a las mentes inquietas.

Transcripción del artículo remitido al semanario La Estrella

EL PROBLEMA DE LAS DOS ESPAÑAS

Jesús Ynfante

A principios del siglo veintiuno ha surgido de nuevo el problema de las dos Españas, como si fuera un fantasma del pasado y con una falta grave de consecuencia en lo que se dice o hace. Si Josep LLuis Carod Rovira, líder de Esquerra Republicana de Catalunya, terminó una reciente rueda de prensa en enero de 2004 con un ¡No pasarán!, que todavía guarda resonancias bélicas desde la guerra civil española, los miembros del Partido Popular (PP) y el Gobierno de Aznar no levantan la voz, pero su posición política es una repetición constante de algo ya muy reiterado en la historia ultraconservadora española y que se puede resumir en un ¡Cierra España!, expresión utilizada en la antigua milicia para animar a los soldados y hacer que acometiesen con valor al enemigo. Con sus discursos sobre le “España rota” las mesnadas de la derecha española nos retrotraen a tiempos de la Reconquista y se mantienen en el intento ideológico de retroceder a un tiempo pasado medieval y tomarlo como referencia o punto de partida, cuando ya se ha entrado de verdad en el siglo veintiuno.
Los enfrentamientos en las elecciones legislativas de 2004 ofrecen un caso reciente del nuevo surgimiento del problema de las dos Españas. El semanario la Estrella ha titulado su número del 8 de febrero de 2004 que “la oposición agita las dos Españas y el deterioro democrático frente al PP” y que “dirigentes de la oposición y medios de comunicación próximos al PSOE han destapado el viejo debate de las dos Españas en respuesta a la España rota o el todo a 17 que pregona el PP cuando denuncia los pactos de gobierno entre el PSC-PSOE y Esquerra en Cataluña”.
Y si volvemos al pasado, en tiempos de la dictadura de Franco hubo por un lado intelectuales y escritores partidarios de una conciliación de las dos mitades en las que España había permanecido dividida desde la guerra civil y que consideraban a España como un problema, y por otro lado estaban los decididos partidarios de ninguna conciliación o acercamiento, los que afirmaban que España no tenía problemas ideológicos, y que sólo hacían falta medios técnicos para ponerse en forma, porque la superioridad ideológica española estaba fuera de cualquier vacilación del ánimo y de toda duda. Dentro del régimen, el libro de Laín Entralgo, “España como problema” y el libro respuesta del miembro del Opus Dei Calvo Serer, “España sin problema”, fueron las dos obras básicas de estas posiciones ideológicas a partir de 1948 en la península ibérica.
Desde el exilio, el poeta Jorge Guillén en “Guirnalda civil” resumió la situación de esta manera: “Nuestra señora de la patria unida/ por santo fratricidio victorioso”, resumiendo a verbos breves y precisos lo esencial de la guerra civil española. “¿Crímenes en cada bando? De diferente sentido:/ hacia un pasado bramando/ al porvenir dirigido./ ¿Dos Españas?/ en efecto. /Una asesinó a la otra/ y el país quedó perfecto./ ¿Un poeta asesinado?/ Mucha gente asesinada./ Sobre el crimen, un Estado./ Aquí no ha ocurrido nada”. En esta misma línea ya se situó Antonio Machado, que murió en el exilio, con sus conocidos versos: “Españolito que vienes al mundo/ te guarde Dios. / Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”.
El problema de las dos Españas, sin embargo, ya venía de antes de la guerra civil y Américo Castro (1885-1972), que se encontraba también en el exilio y no participaba de la teoría de las dos Españas, hizo un buen resumen de la misma cuando afirmó que “corre por ahí la fantasía de existir dos Españas, la reaccionaria y la progresiva, la última de las cuales acaba siempre por ser aplastada. Se llama reacción a los hábitos tradicionales y espontáneos y progreso, a ciertas ideas y usos, no nacidos en España, sino importados del extranjero (…) Sin inventarse nuevos sistemas de vida política se ha pretendido mudar la inveterada tendencia a vivir según se venía haciendo desde hacía siglos, sin darse cabal cuenta de que los ejemplos ajenos poseen eficacia solo limitada y superficial. Y a esto es a lo que llaman la otra España, para mí indivisible radical y congénitamente de la otra”.
A partir del artículo “España en su historia” de 1948, Américo Castro no sólo negaba desde el exilio la existencia de lasa dos Españas, sino que llegó a perfilar una nueva realidad histórica: “Cada día se hace más evidente que la estructura humana de los habitantes de la Península Ibérica no es la que se les viene asignando en los libros desde hace por lo menos setecientos años”. Para más tarde, en su último libro, “sobre el nombre y el quién de los españoles”, Américo Castro señaló el origen extranjero de la palabra español, importada desde la Provenza francesa, y que entre las palabras España y español media un milenio. Es evidente que lo lingüístico sirve para entender la vida de hace siglos y para enfocar el futuro sin aturdidas y perniciosas ignorancias. Así que el problema no es la existencia de dos Españas, sino de una, la que existe y desde sus confusos orígenes con dificultades. Domingo García-Sabell ha señalad por eso que la obra de Américo Castro está calada de aciertos interpretativos, de fulgurantes intuiciones, de inesperados y fecundos descensos a la realidad sustancial de Iberia, que no de España.
Fue a partir de Castilla desde donde se redujo a una unidad nacional en conjunto de los pueblos peninsulares, excepto Portugal; sin embargo, el nombre español no ha sido de factura castellana, catalana, gallega o andaluza. Como acertadamente ha señalado Américo Castro, los cristianos que emprendieron la tarea de ir arrojando a los moros hacia el sur de la Península y luego hacia África, carecían de un nombre secular que los aunara a todos, por lo menos hasta el siglo XIII, y fue en 1948, cuando el profesor suizo Paul Aubischer demostró en “Estudios de toponimia y lexicografía románicas”, CSIC Barcelona, que español es palabra extranjera y como también reconoce Américo Castro, español no era vocablo castellano, pues lo esperable era que hispaniolus en latín hubiese dado españuelo. Y a quien reivindica la condición de español por antonomasia conviene calificarle históricamente como españuelo.
También en la actualidad ha quedado claro que la palabra Hispanias, que tiene un origen semita, probablemente fenicio o protofenicio, quiere decir “tierra rica en metales”. Se comenzó a utilizar el término en plural para referirse a la variedad y riqueza de la Península Ibérica, la región situada entre las montañas de los Pirineos y las playas del Estrecho, cuando pueblos más o menos nómadas como los fenicios arribaron desde las costas africanas a la Península Ibérica.
Si los francos llamaron Francia a la tierra que dominaban y el nombre de Inglaterra enlaza con el de anglos, los habitantes de la Península no supieron o no pudieron darse un nombre que a todos los abarcara y a la postre aceptaron uno venido de fuera. Por ello, que español haya sido un provenzalismo ofrece aspectos históricos que aún provocan inquietud a una masa cada vez más reducida de españolistas en la Península Ibérica. “La historiografía española de nuevo estilo ha de abrirse camino a través de mitos y silencios”, ha señalado Américo Castro, en espera de que “los historiógrafos españoles se dedican a llamar españoles a quienes realmente lo son, y no a los entes fabulosos que hoy ocupan su fantasía”.
A este panorama de aflicción y angustia extrema para la derecha española hay que añadir las propuestas de los videojuegos que interiorizan los jóvenes españuelos como “el control del tiempo es el poder absoluto” y que se acompaña además de consejos del tipo “congela el presente” y “vuelve al pasado”, que en muchos casos se trata de volver a la Edad Media, una época con un sistema feudal de gobierno y de organización de la propiedad. También se puede volver a un tiempo pasado más reciente, como ha descrito Pilar del Río en “Memoria de la transición democrática”, cuando “nuestro mapa se dividía en provincias y Madrid. Teníamos España como unidad de destino de lo universal, pero carecíamos de una comunidad intermedia que diera cobijo a algunas necesidades”. Por otra parte, en cuestión de lenguas y como signo de pluralidad durante la pasada dictadura, el general Franco permitía a los miembros de su escolta mora hablar en árabe y chelja; pero a los vascos y a los catalanes les estaba prohibido entonces expresarse en sus lenguas vernáculas.
Volviendo a la polémica surgida en la España franquista, el apelativo “comprensivos” y “excluyentes” fue a todas luces insuficiente para denominarlos, sobre todo para distinguir a militantes fascistas, entre ellos a los nacionalcatólicos y de manera especial los primeros miembros del Opus Dei, quienes combatieron con denuedo, desde su óptica, la teoría de las dos Españas a partir de 1948. Para los “excluyentes” fascistas clericales de la época, el catolicismo español había luchado sin descanso desde 1931, primero contra el enemigo interior y luego contra el mundo entero, en defensa de la religión íntimamente ligada a la tradición nacional. España no ha sido problema, por la sencilla razón, argüían ellos, de que Menéndez Pelayo “nos dio la España sin problema para que a nosotros nos sea posible enfrentarnos con los problemas de España”. Hubo, por supuesto, una única política cultura impuesta durante el franquismo, ya que el pensamiento heterodoxo quedó con la guerra civil eliminado o reducido al silencio cuando ciertos análisis intelectuales volvieron a resurgir sólo débilmente a partir de 1948. Entre los rasgos ideológicos del franquismo destacó la defensa acérrima de la unión entre la Iglesia y el Estado, además de un patriotismo nostálgico del antiguo Imperio español, pero sin llegar a una exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero, por seguir siendo católicos dependientes de Roma.
Bajo el régimen de Franco resultaba claro con este telón de fondo que la polémica de escritores e intelectuales sobre las dos Españas no se salió de los límites que marcaba el régimen, ni sobrepasó el marco de lo corporativamente cristiano, el derecho a la posesión de la etiqueta. En el panorama cultural intentaron además sepultar, bajo la losa ideológica que habían elaborado, las contradicciones que mueven la historia. Así, ignorando media historia de España y del mundo como nefasta, recurriendo a don Pelayo, los Reyes Católicos o la evangelización de América, a Donoso Cortés, Menéndez Pelayo o Ramiro de Maeztu, intentaron convencer a otros, y también a ellos mismos que también lo necesitaban, des espíritu tradicional y cristiano de España, de un destino en el mundo y de otros sublimes dogmas de extracción fascista y parecido estilo. N. L. Teruel escribió a propósito de esto en Monthly Review, selecciones en castellano, julios 1966 que “no existen salvo objeto de vilipendio, Sartre ni Luckas, Marx ni Heidegger (…) la historia o la filosofía, la medicina o el derecho no son sino combates entre buenos y malos, católicos y herejes, entre personas decentes y rojos, entre gentes honestas y agitadores, que se trate de materialismo dialéctico, o de evolucionismo, de física nuclear o de medicina psicosomática. Se comprende que con una ideología fascista clerical, apoyada en una estructura social rigidísima, que imposibilitaba cualquier disonancia mínimamente necesaria para la vida política de los pueblos, se asfixiaron todos los piadosos intentos para abrir vías reformistas de apertura social como libertad de prensa, partidos políticos y sindicatos de clase; lo cual sólo se pudo obtener posteriormente en la ya denominada “transición de nunca acabar”, después de la muerte de Franco.
Sin embargo, a principios del siglo veintiuno y para un mayor escarnio social, el constitucionalismo ultraconservador de la derecha española está acabando con las perspectivas democráticas del Estado centralista y quizá tan solo su transformación en Estado federal puede evitar una posible catástrofe política para el futuro. En las jornadas de estudio sobre el funcionamiento de la Constitución española tras veinticinco años de su aprobación, celebradas en noviembre de 2003 en la Universidad francesa de Toulouse, el catedrático español de la Universidad Complutense de Madrid, Antonio Elorza, confesó públicamente atribulado que la España de las autonomías ha favorecido las identidades duales y que “no hemos conseguido desde un punto de vista simbólico, crear una identidad española, en la que todos podamos identificarnos.
Mientras tanto, el reproche de la derecha nacional española es que los nacionalistas o regionalistas ponen en peligro la Constitución. Desde esta perspectiva, la oferta y búsqueda de “una España mejor” cae por su propio peso, si no se sitúa en la realidad auténtica; porque pretender tan sólo dar un nuevo impulso a la construcción del Estado federal, con un Senado transformado en una asamblea territorial, al estilo de lo que sucede en países donde ya está arraigado el federalismo como Estados Unidos o Alemania. Siendo absolutamente preciso para superar el problema de las dos Españas que se refuerce el conocimiento de los mecanismos históricos que se puedan ayudar a articular mejor a la sociedad, porque traerá la memoria lo olvidado y como sepultado en el silencio tiene sus riesgos, y tan sólo de la manera antes expuesta se podrá atemperar la creciente polémica con el problema de las dos Españas, esas dos Españas abruptas que ostentan una posición áspera y violenta entre el ¡No pasarán! Y el ¡Cierra España!
El problema clave de la política en la Península Ibérica a principios del siglo veintiuno es la articulación territorial del Estado y la reforma constitucional para terminar de pasar del Estado autonómico al Estado federal y acabar para siempre con los residuos totalitarios después de cuarenta años de dictadura. Pero este es un proceso que no se consigue que de un día para otro y por lo visto se necesitan para alcanzar la serenidad política otros cuarenta años de normalización democrática. Así que para el año 2015, “a lo mejor” se podrá celebrar el buen funcionamiento de un Estado federal en la Península Ibérica.

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